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La fatiga no es un problema de productividad, es un síntoma organizacional

Por Dioscoride Paulino


Cuando una organización detecta que su gente está agotada, casi siempre hace la misma pregunta: ¿cómo recuperamos la productividad? Es la pregunta equivocada. Supone que la fatiga es una fuga de energía que hay que tapar —con más descanso, con beneficios de bienestar, con una charla motivacional— para que el sistema vuelva a funcionar como antes. Pero la fatiga sostenida rara vez es un desperfecto individual. Es información. Y casi siempre está describiendo algo sobre la estructura en la que esa persona trabaja, no sobre su capacidad de resistencia.

Lo que dice la evidencia, y lo que no dice

Conviene separar dos cosas que suelen mezclarse. Por un lado, existe evidencia sólida de que el agotamiento laboral tiene una estructura psicológica definida. El modelo de Christina Maslach, que sigue siendo el marco más validado empíricamente, describe tres dimensiones: agotamiento emocional, cinismo o despersonalización hacia el trabajo, y una sensación reducida de eficacia personal. No es cansancio: es una forma específica de desgaste que altera cómo la persona se relaciona con su tarea y con los demás. Por eso la Organización Mundial de la Salud, en la CIE-11, clasifica el burnout como un fenómeno ocupacional —no como una enfermedad individual— resultante de un estrés crónico en el trabajo que no ha sido gestionado con éxito. Esa distinción es clínica y es deliberada: el origen que reconoce la propia clasificación está en la gestión del entorno, no únicamente en la persona que lo padece.

Por otro lado, el modelo de Demandas y Recursos Laborales (Bakker y Demerouti) ofrece una hipótesis bien respaldada, aunque no una ley universal, sobre por qué ocurre: cuando las demandas de un puesto —carga, ambigüedad de rol, presión de tiempo— superan de forma sostenida a los recursos disponibles —autonomía, reconocimiento, soporte social, claridad de propósito—, el desgaste no es cuestión de tiempo, es prácticamente inevitable. Esto es interpretación teórica útil, no un hecho comprobado en cada caso particular. Lo que sí es evidencia consistente es que las intervenciones dirigidas únicamente al individuo (mindfulness, técnicas de manejo de estrés, tiempo libre adicional) muestran efectos modestos y poco duraderos cuando las condiciones estructurales que generan la sobrecarga no cambian.

Qué revela la fatiga cuando se mira como síntoma

Si se sostiene esta distinción, la pregunta cambia. Ya no es "cómo hacemos que esta persona rinda más a pesar del cansancio", sino "qué está señalando este cansancio sobre cómo está diseñado el trabajo aquí". Casi siempre hay una de estas cuatro cosas detrás:


Ambigüedad de rol sostenida —la persona no tiene claro qué se espera realmente de ella, y compensa con hipervigilancia. Sobrecarga sin priorización real —todo es urgente, nada tiene rango. Ausencia de reconocimiento o de retroalimentación significativa —el esfuerzo no tiene eco. O falta de margen de decisión sobre el propio trabajo, incluso cuando la responsabilidad sobre los resultados es total.

Ninguna de estas cuatro se resuelve con un día libre. Se resuelven —o no— en el diseño del rol, del equipo o del liderazgo directo. Por eso una organización que solo interviene en el síntoma (el cansancio visible) sin diagnosticar la estructura, tiende a ver el mismo desgaste reaparecer semanas después, a veces con una capa adicional de escepticismo: la gente empieza a interpretar los beneficios de bienestar como gestos cosméticos, y eso erosiona más confianza de la que existía antes de intervenir.



Una posibilidad, no una fórmula

Esto no significa que el cuidado individual no importe —importa, y mucho—. Significa que tratar el agotamiento exclusivamente como un problema de resiliencia personal deja intacta la causa mientras se atiende únicamente la consecuencia. Un camino distinto empieza por preguntar, con la misma seriedad con la que se audita cualquier otro sistema de la organización: ¿qué parte de nuestra estructura está generando esta demanda de forma sostenida, y qué recursos reales —no simbólicos— tenemos disponibles para compensarla?

No hay una respuesta genérica a esa pregunta. Cada organización la responde distinto según su estructura, su liderazgo y su momento. Pero empezar a hacerla —antes de diseñar cualquier intervención— suele ser la diferencia entre aliviar un síntoma y entender lo que el sistema está tratando de decir.






Dioscoride Paulino PHD (a)

Psicólogo Clínico I Autor

Consultor de Bienestar Organizacional

@dioscoridepaulino


Referencias

Demerouti, E., Bakker, A. B., Nachreiner, F., & Schaufeli, W. B. (2001). The job demands-resources model of burnout. Journal of Applied Psychology, 86(3), 499–512. https://doi.org/10.1037/0021-9010.86.3.499

Maslach, C., & Jackson, S. E. (1981). The measurement of experienced burnout. Journal of Organizational Behavior, 2(2), 99–113. https://doi.org/10.1002/job.4030020205

World Health Organization. (2019, 28 de mayo). Burn-out an "occupational phenomenon": International Classification of Diseases. https://www.who.int/news/item/28-05-2019-burn-out-an-occupational-phenomenon-international-classification-of-diseases

 
 
 
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