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3 preguntas que casi ningún líder se atreve a hacerle a su equipo

Por Maitri

Cuando un equipo empieza a fallar, la explicación más cómoda es también la más habitual: falta de comunicación. Es la primera hipótesis que aparece en cualquier diagnóstico informal, y no es del todo incorrecta —pero suele ser incompleta. La comunicación describe un síntoma. Rara vez explica la causa.


Lo que observamos con más frecuencia en procesos de acompañamiento organizacional no es escasez de información circulando entre las personas, sino algo distinto: equipos que, en algún momento, dejaron de hacerse las preguntas que de verdad importaban. No las preguntas operativas —esas casi nunca faltan—, sino las que exponen algo incómodo sobre cómo se está trabajando juntos.

Esta es una distinción relevante porque cambia por completo dónde hay que intervenir. Un problema de comunicación se resuelve con más reuniones, más canales, más reportes. Un problema de preguntas evitadas no se resuelve con más información: se resuelve cuando alguien —generalmente quien lidera— decide detenerse a mirar algo que el equipo, colectivamente, ha aprendido a no mirar.


Por qué el silencio no es lo mismo que el acuerdo

¿Estamos de acuerdo, o ya dejamos de intentar estar en desacuerdo? El silencio no siempre significa consenso. A veces significa cansancio.

Hay una tendencia natural a leer el silencio de un equipo como señal de que las cosas están bien. Nadie objeta, nadie discute, las decisiones se toman sin fricción aparente. Pero el silencio es ambiguo por naturaleza: puede significar consenso genuino, o puede significar que las personas calcularon —consciente o inconscientemente— que cuestionar ya no vale el costo.


La investigación en psicología organizacional ofrece un marco útil para entender esta distinción. El concepto de seguridad psicológica, desarrollado por la investigadora Amy Edmondson en la Universidad de Harvard, describe la creencia compartida de que un equipo es un entorno seguro para asumir riesgos interpersonales: hacer una pregunta, admitir un error, proponer una idea que puede no funcionar. Cuando esa seguridad no existe, las personas no dejan de tener objeciones; dejan de expresarlas. El equipo se vuelve más silencioso, no porque haya menos que decir, sino porque decirlo empezó a sentirse riesgoso.


Es importante ser preciso aquí: la seguridad psicológica está entre los constructos mejor documentados de la psicología organizacional contemporánea, con evidencia consistente que la vincula al aprendizaje de equipo y a la disposición a reportar errores. Lo que sí conviene tratar con más cautela es la afirmación —muy repetida en contenido de management— de que es "el factor número uno" del desempeño de cualquier equipo. Esa cifra específica proviene de un estudio interno de una sola empresa, no de una regla universal aplicable a cualquier contexto organizacional. La distinción importa: una cosa es la evidencia sobre el mecanismo, y otra muy distinta es la cifra que suele citarse para dramatizarlo.


Lo que sí puede afirmarse con más seguridad es esto: cuando un equipo dice estar de acuerdo con una frecuencia sospechosamente alta, no siempre está de acuerdo. A veces simplemente dejó de intentar estar en desacuerdo.

La persona que empezó a callar antes que las demás

¿A quién en este equipo dejamos de escuchar sin darnos cuenta? Cada equipo tiene alguien que empezó a callar antes que los demás.

Todo equipo con cierta antigüedad tiene una historia no escrita sobre quién habla y quién no. No es aleatorio ni permanente: alguien, en algún momento, hizo una observación que fue ignorada, minimizada o corregida en público, y ajustó su comportamiento en consecuencia. La mayoría de las veces esto ocurre sin intención hostil de nadie. Es, más bien, el resultado acumulado de decenas de micro-interacciones que nadie registró como significativas por separado.


Aquí conviene distinguir entre observación e interpretación. Que alguien hable menos en las reuniones es un dato observable. Por qué habla menos es, casi siempre, una hipótesis: puede deberse a la dinámica del equipo, pero también a su estilo de comunicación, a la naturaleza del tema, o a factores completamente ajenos al grupo. El error frecuente en este tipo de diagnóstico no es hacerse la pregunta —es asumir que ya se conoce la respuesta sin haberla verificado.

Preguntarse quién dejó de participar, entonces, no es un ejercicio de búsqueda de culpables. Es una manera de convertir una impresión difusa ("el equipo se siente distinto que antes") en algo concreto y verificable.


Lo funcional no siempre es lo sano

¿Qué estamos evitando resolver porque "ya así funciona"? Lo funcional no siempre es lo sano. A veces es solo lo tolerable.

Hay una tercera dinámica, más difícil de detectar porque no genera una señal de alarma evidente: la de los problemas que el equipo decidió, sin decidirlo formalmente, dejar de resolver. No porque hayan desaparecido, sino porque el equipo aprendió a operar alrededor de ellos.


Esto suele presentarse con apariencia de estabilidad. Los resultados se siguen entregando, las métricas no muestran caída inmediata, y por eso el tema se posterga indefinidamente: "ya así funciona". El problema es que "funcionar" y "estar sano" no son sinónimos. Un sistema puede sostenerse por un tiempo considerable compensando una fricción interna con esfuerzo adicional de algunas personas —hasta que ese esfuerzo deja de estar disponible.

Distinguir entre lo que funciona porque está resuelto y lo que funciona porque alguien lo está sosteniendo con desgaste no siempre es evidente desde dentro del equipo. Es, con frecuencia, más fácil de ver desde afuera.


El rol de quien lidera

Ninguna de estas tres dinámicas —el silencio interpretado como acuerdo, la persona que dejó de participar, el problema tolerado en lugar de resuelto— se identifica por accidente. Requiere que alguien, generalmente quien lidera, decida detenerse a mirar en lugar de asumir que todo lo que no genera ruido está funcionando bien.


Esto no es un ejercicio que se resuelva en una reunión de quince minutos, ni una lista de verificación que se completa una sola vez. Es, más bien, una disposición: la de hacerse estas preguntas con la frecuencia suficiente para que dejen de sorprender.


No ofrecemos esto como una fórmula ni como una promesa de resultados inmediatos. Lo que sí puede decirse con relativa confianza es que los equipos que sostienen procesos deliberados de revisión —espacios explí

citos para hacer las preguntas incómodas antes de que se vuelvan crisis— tienden a identificar sus propias dinámicas disfuncionales con más anticipación que aquellos que no lo hacen. La diferencia rara vez está en la cantidad de esfuerzo. Está en la disposición a mirar lo que normalmente se evita.



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En Maitri acompañamos a equipos y organizaciones a identificar estas dinámicas antes de que se conviertan en patrones difíciles de revertir, a través de procesos de intervención basados en evidencia y diseñados para cada contexto.


Si quieres conversar sobre cómo aplicar esto en tu organización, escríbenos a info@grupomaitri.com.

 
 
 

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